Hace seis meses atrás hubiese sido capaz de dar una descripción segura y fidedigna de quién, en ese entonces, creía ser yo, pero la vida me ha demostrado gentilmente (a través de un sinnúmero de situaciones y vivencias) que es muy poco lo que sé mí mismo ¿Hasta que punto puede un ser humano vivir sin tener conciencia de quién es y que es lo que quiere? Afortunadamente no pretendo aventurarme en la intentona de responder tal pregunta, pues eso no es lo que me convoca en éste segundo (y el no menor hecho de que, desde el principio de los tiempos, el ser humano ha intentado hallar respuesta a éstas preguntas filosóficas – un par de líneas que escriba al respecto no son nada en comparación a la cantidad de estudios, teorías y reflexiones al respecto).
¿Quién soy? ¿Qué es lo que me determina como un ser único? ¿Estoy definido acaso por lo que siento, pienso y hago? ¿Por la música que escucho? ¿Por la gente que me rodea? Es imposible para mí en éste segundo decir a ciencia cierta quién soy, pero sí puedo hacer una pequeña descripción de ciertas actitudes, pensamientos y características que me definen y que, hasta hace poco, daba por sentadas sin siquiera haberlas expresado en palabras. Sin haberlas materializado en una oración coherente.
Soy un idealista (o al menos me gusta creerlo). Tengo una obsesión con la fantasía, con lo utópico, con los sueños. Me he dado cuenta del valor que tiene para mí la capacidad de soñar: mantener una esperanza viva; una ilusión a flor de piel; la presencia constante de un pasado y de una historia proyectándose hacia el futuro. Y esta habilidad innata del ser humano alcanza su plenitud, su cenit, en una de las etapas más bellas de nuestro ciclo vital: la niñez.
Soñar permite alejarnos de la realidad, alejarnos de un mundo frío, de una sociedad exitista regida por estándares anticuados, de la monotonía del día a día y, por sobre todo, de nuestros problemas. Mas, éste no es un ejercicio gratuito como muchos piensan: requiere una entrega emocional y un compromiso consigo mismo, pues ¿Cuál es el propósito de soñar, si no existe una lucha personal por la realización de los sueños? Independientemente del resultado, del triunfo o la derrota, de las limitaciones o posibilidades, soñar exige aunque sea un pequeño intento. Si dejara de soñar perdería la inocencia, la ingenuidad que me caracteriza, la capacidad de asombro y el deseo ferviente de imaginar y crear y, en definitiva, perdería mi niñez.
La belleza de la niñez yace en la libertad de soñar, pues nadie te limita ni te impone reglas. Si bien soñar está al alcance de todo ser humano sin distinción, debemos recordar que nuestros sueños están lejos de ser como aquellas fantasías y maravillas que imaginábamos de niñez, pues viviríamos perdidos y frustrados, fuera de nuestro tiempo. Así, la capacidad, la intención y la función de soñar evoluciona en la medida que envejecemos y maduramos, mas no debiéramos dejarla en el olvido.